“Un inmenso himno de alabanza” – así comenzó mons. Ernesto Mandara el sábado 6 de septiembre, abriendo la homilía para el rito de consagración presbiteral de nuestro fr. Antonio y de los diáconos Samuele Tassi y Justus Achibiri. Fue una celebración intensa, cargada de emociones y expectativas, marcada por lágrimas de alegría: realmente un himno de alabanza que desbordaba del corazón de los presentes, llegados en gran número para llenar la iglesia de San Martino en Monterotondo (Roma).
La metáfora elegida por los tres ordenandos para acompañar su consagración es la evangélica de la semilla que, muriendo, da fruto (Jn 12,24-26): una paradoja que sin embargo revela una profunda verdad. Sobre esta imagen se detuvo el obispo: el presbítero auténtico – subrayó – es aquel que se deja consumir por la dedicación al rebaño, que se entrega sin reservas en el trabajo apostólico, cuidando con esmero a las personas que le han sido confiadas, incluso cuando se avecinan tormentas y tempestades. Esta es la realidad concreta y exigente del ministerio sacerdotal, y es la entrega paterna que mons. Mandara confió a los tres candidatos.
El rito desplegó entonces toda su fuerza simbólica, casi traduciendo en el lenguaje sacramental la metáfora de la semilla que muere: los ordenandos se postraron en tierra, durante largo tiempo, mientras la asamblea invocaba a los santos; luego, en el silencio y en la más sobria solemnidad, el obispo – seguido por los numerosísimos sacerdotes concelebrantes – impuso las manos sobre cada uno de ellos. Después de la oración consagratoria, como la semilla que germina dando fruto, los nuevos presbíteros fueron revestidos con los ornamentos sacerdotales y ungidos en las manos con el santo crisma: signo de su nueva identidad, presencia santificadora de Cristo buen Pastor que ofrece la vida por sus ovejas.
























